domingo, 25 de marzo de 2012

Ana Maugeri





Nací durante el verano de 1954 en Buenos Aires, en el seno de una familia siciliana. Siempre supe que iba a escribir, destino insoslayable para la pequeña que miraba asombrada el mundo pintoresco, oscuro y a su vez desopilante de esa familia que, trasplantada de una Sicilia medieval, se mezclaba con una Buenos Aires pujante y moderna.


Mi primera formación como escritora fue en el Taller Literario de Roger Pla, en Ramos Mejía, allá por la década del setenta. 

¿Qué significa para mí escribir?


Escribo, no para comunicar alguna verdad, sino para descubrirla. Escribo, no porque tenga un saber, sino para saberme. Escribo como forma de resistir la intemperie existencial, porque creo que la Literatura quiebra la familiaridad estéril que tenemos con el mundo e instala una relación conjetural con uno mismo y con los otros. Porque la escritura representa la posibilidad de reconfigurar la propia identidad.


Debo decir también, que el libro es para mí un objeto entrañable y seductor, dar vuelta una página tocándola, oliéndola; leer, apretar los ojos hacia el cielo y volver a leer ese párrafo o ese verso.

Soy una descabellada que goza con los libros. Un modesto escritorio, un sillón en el que mi cuerpo se impone una relajación y después el placer del texto. Pertenezco a esa generación que guardábamos flores entre las páginas de los libros, que leíamos un poema en voz alta, como si le robásemos el fuego a los dioses. Libros dedicados con letra temblorosa por donde circuló el amor y la traición.


Nada reemplazará este goce.


Pero con la posmodernidad, hemos aprendido nuevos espacios de lectura, como la pantalla de nuestra computadora, también yo he sucumbido a su promesa de ilimitada ductilidad.


Lo importante para mí, sigue siendo la voluntad de construir una obra personal, una perseverante y obstinada imagen del mundo, la que cada uno tiene y expresa a través de la escritura.


Me niego a cualquier tipo de dogma estético, aún cuando sé que esto me condena a la marginalidad. En mi destino de escritora soy una desmoldada, y si hablamos de género, soy una degenerada.


Insisto, escribir es construir un espacio de libertad, es presentar nuestra particular desesperación y sobre todo nuestro coraje de seguir desesperando.